Cuando llegan a una edad adecuada, deben proveérseles herramientas. Resultarán alumnos idóneos. "Si el padre es carpintero, debe dar a sus hijos lecciones de carpintería".
Los niños han de aprender de la madre hábitos de aseo, esmero y prontitud. Dejar que un niño tome una o dos horas para hacer un trabajo que podría hacerse fácilmente en media hora, es permitirle tomar hábitos dilatorios. Los hábitos de laboriosidad y de esmero serán una bendición indecible para los jóvenes en la
escuela mayor de la vida, en la cual han de entrar cuando tengan más edad.
No se debe permitir a los niños que piensen que todo lo que hay en la casa es juguete suyo, que pueden hacer con ello como quieren. Aún a los niños más pequeños deben dárseles instrucciones al respecto. Corrigiendo este hábito, se lo destruirá. Dios quiere que las perversidades naturales a la infancia sean
desarraigadas antes de transformarse en hábitos. No les deis a los niños juguetes que se rompan fácilmente. Hacer esto es enseñarles lecciones en el arte de destruir. Denle juguetes que sean fuertes y durables. Estas sugestiones, por insignificantes que parezcan, representan mucho en la educación del niño.
Las madres deben precaverse para no enseñar a sus hijos a depender de otros y pensar sólo en sí mismos. Nunca les deis motivo de pensar que son el centro, y que todo debe girar alrededor de ellos. Algunos padres dedican mucho tiempo y atención a divertir a sus hijos; pero se debe enseñar a divertirse solos, a ejercitar su propio ingenio y habilidad. Así aprenderán a contentarse con placeres sencillos. Debe enseñárseles a soportar valientemente sus pequeñas desilusiones y pruebas. En vez de llamar la atención a todo dolor trivial o lastimadura, distráigase su mente; enséñesele a pasar por alto las pequeñas molestias.
Estúdiese para aprender a enseñar a los niños a ser serviciales. Los jóvenes deben acostumbrarse desde temprano a la sumisión, a la abnegación y a la consideración de la felicidad ajena. Debe enseñárseles a subyugar el temperamento impulsivo, a retener la palabra apasionada, a manifestar invariablemente bondad, cortesía y dominio propio.
Recargada con muchos cuidados, la madre puede a veces creer que no puede tomar tiempo para instruir pacientemente a sus pequeñuelos y dedicarles su simpatía y amor. Pero ella debe recordar que si los hijos no hallan en sus padres y en sus hogares lo que satisfaga su deseo de simpatía y compañerismo, recurrirána otras fuentes, que harán peligrar tal vez la mente y el carácter.
Dedicad parte de vuestras horas libres a vuestros hijos; asociaos con ellos en sus trabajos y deportes, y conquistad su confianza. Cultivad su amistad. Dadles responsabilidades que llevar, pequeñas al principio, mayores a medida que vayan creciendo. Dejadles ver que consideras que te ayuden. Nunca, nunca permitas que te oigan decir: "Me estorban más de lo que me ayudan".
Hablad a vuestros hijos del poder que Dios tiene de hacer milagros. Mientras estudian el gran libro de texto de la naturaleza, Dios impresionará sus mentes. El agricultor labra su tierra y siembra su semilla; pero no puede hacerla crecer. Debe confiar en que Dios hará lo que ningún poder humano puede realizar. El Señor
pone su poder vital en la semilla, haciéndola germinar y tener vida. Bajo su cuidado el germen de vida atraviesa la dura corteza que lo envuelve, y brota para llevar fruto. Primero aparece la hoja, después la espiga, y luego el grano lleno en la espiga. Al hablarle a los niños de la obra que Dios hace en la semilla, aprenderán el secreto del crecimiento en la gracia.
Hay indecible valor en la laboriosidad. Enséñele a los niños a hacer algo útil. Los padres necesitan sabiduría más que humana para comprender cómo educar mejor a sus hijos para una vida feliz y útil aquí, y un servicio superior y un gozo mayor en la otra vida.
fuente: Consejos para los maestros padres y alumnos Pag. 71.
